Donar médula Ósea

Qué debes saber

Introducción.

La médula ósea es un tejido indispensable para la vida ya que en él se fabrican las células de la sangre y del sistema inmunitario. En la médula ósea anidan las células madre (también denominadas progenitores hematopoyéticos), capaces de producir todas las células de la sangre:

  • Los glóbulos blancos o leucocitos, encargados de la lucha contra las infecciones. Bajo esta denominación se incluyen distintos tipos celulares: las células mieloides (neutrófilos, monocitos, basófilos y eosinófilos) y las células linfoides (linfocitos T y linfocitos B).
  • Los glóbulos rojos o hematíes, responsables del transporte de oxígeno a los tejidos y de llevar de vuelta el dióxido de carbono de los tejidos hacia los pulmones para su expulsión. Los hematíes dan a la sangre su color rojo característico.
  • Las plaquetas o trombocitos, fundamentales para la coagulación de la sangre cuando se produce la rotura de un vaso sanguíneo.

Muchas enfermedades son consecuencia de una producción excesiva, insuficiente o anómala de una determinada célula derivada de la célula madre. El trasplante de médula ósea permite su curación al sustituir estas células defectuosas por otras normales procedentes de un donante sano. En muchas de estas enfermedades el trasplante es la única opción terapéutica curativa.

Las células madre pueden obtenerse de la médula ósea, de la sangre circulante (o sangre periférica) y de la sangre que contiene el cordón umbilical en el momento del parto. Por ello, los trasplantes pueden ser de médula ósea, de sangre periférica, o de sangre de cordón. Por ello, cuando se habla del trasplante en general, se emplea el término trasplante de progenitores hematopoyéticos.

Donantes compatibles.

Para realizar un trasplante hematopoyético con éxito es necesario disponer de un donante compatible con el paciente. «Ser compatible» significa que las células del donante y del paciente son tan parecidas que pueden convivir indefinidamente en el receptor. Esto es así porque todas las células de nuestro organismo tienen en su superficie una serie de proteínas, denominadas antígenos leucocitarios humanos (o antígenos HLA, del inglés Human Leukocyte Antigen), que las diferencian de las células de otro organismo. Los linfocitos de la sangre tienen la capacidad de detectar la presencia de células con antígenos HLA distintos a los suyos y destruirlas. Este mecanismo de defensa es responsable del rechazo de órganos y de injertos cuando se efectúan trasplantes entre personas no compatibles.

En los trasplantes de progenitores hematopoyéticos, al existir gran cantidad de linfocitos T en la médula ósea, y en especial en la sangre periférica, puede producirse un rechazo en dos direcciones:

a) rechazo de las células trasplantadas por parte del receptor y
b) rechazo del receptor por parte de las células trasplantadas.

Esta última reacción recibe el nombre de enfermedad injerto contra receptor y es una de las complicaciones más graves del trasplante hematopoyético.

Dado que los antígenos HLA de un individuo son siempre distintos a los de otro (salvo en el caso de los hermanos gemelos univitelinos), y dado que todo individuo hereda la mitad de sus antígenos del padre y la otra mitad de la madre, la máxima probabilidad de encontrar un donante compatible se produce entre los hermanos del paciente o entre los familiares de primer grado (padres e hijos). Lamentablemente, debido a las leyes de la herencia, la probabilidad de que dos hermanos sean compatibles es de tan solo el 25 %, y la de encontrar un familiar que lo sea de menos del 5 %. Cuando un enfermo que requiere un trasplante carece de donante compatible entre sus familiares, su mejor opción de curación suele ser localizar a un donante voluntario no emparentado que sea compatible.